Viernes, 28 mayo, 2021

Crítica al identitarismo en las luchas LGTBI

Los movimientos feministas y los movimientos trans se necesitan los unos a los otros para construir un mundo más complejo; su enfrentamiento es una derrota colectiva.

En 2018 tuvieron lugar en Barcelona unas jornadas sobre políticas LGTB críticas tituladas “Municipalismo Queer” organizadas por Barcelona en Comú. En ellas participaba Sergio Vitorino, uno de los activistas gays portugueses más interesantes que he conocido e incansable contra la patologización trans en su país. En su intervención, Vitorino nos contó una anécdota reveladora que había vivido recientemente cuando salió como cada año a la manifestación trans de Lisboa, un evento importante para él, entre otras cosas, porque fue uno de sus impulsores. Explicó que, en la última edición, se encontró al llegar con un grupo de activistas trans que sostenían una pancarta en la que estaba escrito “No necesitamos aliados”. El lema quería expresar que las personas trans no necesitaban a las personas cis en sus luchas, que la lucha trans es de las personas trans. Y Vitorino, sin salir de su asombro, relataba su sorpresa y también su tristeza frente a ese repliegue identitario de una parte del activismo trans portugués. Escuchándole, sentí esa misma tristeza porque, en mi cabeza, Sergio es también un activista trans, es uno más cuando salimos a la calle a denunciar la transfobia de este mundo. No ser trans no le ha impedido jamás pelearse a mi/nuestro lado contra el estigma, la violencia, y el miedo. Este artículo trata, sobre todo, de ese debate y de cómo conservar a todos los Sergios del mundo en nuestras luchas.

El libro de Alianzas rebeldes. Un feminismo más allá de la identidad existe porque, por diversas razones, un conjunto de personas hemos sentido que queríamos divulgar nuestros argumentos compartidos frente a la emergencia de discursos en los feminismos y las luchas LGTB que nos parecen problemáticos. Entre estas derivas se encuentra el identitarismo, es decir, la convicción de que las personas autorizadas para librar una lucha política son aquellas afectadas directamente por esa discriminación o desigualdad en cuestión, aquellas que comparten una identidad concreta. Por ejemplo: el feminismo es la lucha de las mujeres, la homofobia es la lucha de los gays y las lesbianas, la transfobia es la lucha de la gente trans y así hasta el infinito. Las personas que no están atravesadas en primera persona por esa desigualdad pueden mostrar su apoyo, animar desde la barrera, pero nunca trabajar de igual a igual en la estrategia política, las acciones y los argumentarios. Este texto en concreto viene a problematizar esta idea, muy presente en las luchas feministas y LGTB actuales, y a hacer una defensa del valor de las alianzas, de la importancia de compartir las luchas con quienes compartimos valores y romper con la ilusión de que por compartir una identidad compartimos un ideario político. A la vez, aclaro que, a pesar de que quiera cuestionar el identitarismo como forma de hacer política, creo que hay que ser respetuoso con las distintas formas en las que las personas eligen organizarse. Es una obviedad, pero en estos tiempos quería resaltarlo: cuestionar o discutir políticamente la estrategia identitaria no implica negarla o despreciar a quien la encarna. Dicho esto, en este texto se desarrolla una reflexión crítica con la deriva identitaria y a veces incluso esencialista de los feminismos y las luchas LGTB. Y pretende inspirar una reflexión colectiva que se traduzca en prácticas políticas concretas.

Esta reflexión crítica con el identitarismo puede ser también útil también para abordar los debates actuales entre las luchas feministas y las luchas trans. En muchos casos las tensiones tienen que ver con cómo se conceptualizan las identidades, qué atribuciones se les hace, si son esencias que preexisten a los sujetos o si son más bien instrumentos que usamos para hacernos más inteligibles en nuestras sociedades con fronteras y márgenes difusos.

Más allá del ruido y las dinámicas de polarización de este debate, se intuyen preguntas profundas y complejas que pueden suponer una enorme riqueza para ambos movimientos. Pero para eso, de nuevo, hay que trascender el debate identitario y cambiar el ángulo desde el que se presenta el debate.

La transexualidad como institución, como imaginario o como posibilidad, representa un enorme reto para el feminismo. Esta constatación es algo que viene siendo reflexionado por activistas trans y feministas en nuestro país desde hace décadas. Lo que es nuevo es la forma en la que se presenta el debate, como si se tratara de una guerra de bandos que enfrentara a personas trans presuntamente no feministas y feministas presuntamente cis. Si tratáramos de rescatar las reflexiones más interesantes que ha elevado este debate podríamos destacar dos ejes principales. Desde algunos sectores del movimiento trans se defiende la autodeterminación del sexo registral frente a la ley vigente que exige dos certificados médicos para permitir el cambio. En las últimas décadas en España las modificaciones del sexo registral en la documentación de la gente trans han dependido primero de sentencias judiciales y a partir del 2007 de certificados médicos. Estos procedimientos llevan años siendo denunciados por los movimientos trans hasta llegar a ser duramente criticados por las principales instituciones internacionales de derechos humanos. Es por eso por lo que, visto el peligro de poner en manos de terceros el control de las identidades de género trans tras el enorme fracaso de la psiquiatría o del sistema judicial en dicha tarea, muchos activismos trans plantean que sea la propia persona la que tenga legitimidad para hacer el cambio de sexo en su documentación. Por otro lado, desde el sector feminista más crítico con las reformas legislativas respecto al cambio del sexo registral en la documentación oficial de las personas trans, se señala el riesgo de que se reconozca legalmente la identidad de género autopercibida o sentida, porque entonces cualquiera podrá hacer cambios en su documentación y esto tendrá efectos colaterales en las políticas de igualdad basadas en el sexo registral como las leyes de violencia machista, las acciones de discriminación positiva o los ámbitos deportivos o penitenciarios.

Más allá del debate legislativo, que excede el objetivo de este artículo, podemos pensar que muchas de estas críticas son pertinentes y nos obligan a pensar con mayor detenimiento el diseño de las políticas públicas trans y feministas. Lamentablemente, el debate no aborda este reto, sino que se ha dejado vencer por una dinámica de acusaciones cruzadas. Algunas feministas acusan a las personas trans de que su forma de entender el género no hace más que reforzar la normatividad y las convierte en sospechosas de ser cómplices con el sexismo. Algunas personas trans distribuyen acusaciones de transfobia a cualquiera que quiera abordar la relación entre transexualidad y normatividad de género desde un marco feminista y por lo tanto estructural. Es un callejón sin salida. Y además alimenta un falso debate. Cada vez que he escrito en este texto “las luchas feministas y las luchas trans” lo he hecho con muchas contradicciones porque es de alguna forma aceptar el marco de que son dos luchas distintas en esencia. Lo cierto es que no es así, que no estamos condenad*s a una partida de tenis entre dos polos. Existe una propuesta política que desde hace años en este país trata de atender con el mismo empeño la crítica al esencialismo de género en las experiencias trans y la legitimidad de las transiciones de género en una sociedad binaria. Es cierto que esta postura política ha estado rezagada o incluso fuera de juego durante buena parte de este debate, pero probablemente eso se explique por la imposibilidad misma de debatir en este marco, por la percepción de que no hay espacio para la complejidad y el miedo al linchamiento. En cualquier caso, publicar este libro forma parte del empeño de muchas personas en sacar de nuevo a flote una propuesta feminista que incorpore los aprendizajes y retos de las luchas trans, entre otros.

Halberstam señalaba en su imprescindible trabajo “Masculinidad femenina” que la transexualidad es la política de la contradicción. Y es que la transexualidad no tiene por qué ser particularmente revolucionaria pero tampoco tiene por que ser normativa. Pero a la vez es particularmente revolucionaria, pero también particularmente normativa. Tiene ese doble efecto mediante el que dinamita el sistema de género a la vez que lo apuntala. Por eso es tan difícil hacer una política trans feminista y a la vez es tan necesario. El feminismo es probablemente lo mejor que le puede pasar a la política trans porque está preocupado por sus excesos, sus límites y sus retos. Y la política trans es también clave para el feminismo porque le recuerda que más allá de la estructura, está también la agencia, la supervivencia, y la promesa de que la libertad es posible incluso en un mundo binario y cargado de imposiciones culturales de género. Las luchas feministas y las luchas trans se necesitan las unas a las otras para construir un mundo más complejo, su enfrentamiento es una derrota colectiva.

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Este texto es un resumen del artículo “No necesitamos aliados” incluido en el libro Alianzas Rebeldes, un feminismo más allá de la identidad coordinado por Clara Serra, Cristina Garaizabal y Laura Macaya.