Viernes, 3 julio, 2020

De Mohamed Bouazizi a George Floyd. Una década de insurgencia en defensa de la vida

La nueva extrema derecha global es una respuesta a esta década de revuelta planetaria en defensa de la vida. Una contrarrevolución para la cual la revolución es, paradójicamente, tanto una vacuna como un desencadenante.

Parece que fue ayer que la historia había llegado a su fin. El mundo restaba quieto, girando alrededor del sol de forma metódica y parsimoniosa, el neoliberalismo había abrazado el globo con apenas algún cuestionamiento esporádico en Seattle o Génova. Pero de repente, la mañana del 17 de diciembre de 2010 en una ciudad olvidada en el interior de Túnez, Sidi Bouzid, prendió una chispa de dolor e indignación.

Mohamed Bouazizi, vendedor ambulante de frutas y verduras, en protesta porque la policia le había requisado su único medio de subsistencia, se quemó frente a la prefectura local. Murió el 4 de enero, 10 días antes de poder ver cómo la insurrección que había levantado su rotundo acto acababa con una dictadura sanginaria de 23 años. Como un incendio que avanza secuencialmente, las protestas saltaron a Argelia, luego a Egipto, Yemen, Bahrein, Jordania, Siria, Líbano, Marruecos.

La historia de lo que ha sucedido durante esta década en toda esta región es larga e incoherente como la historia misma, llena de avances y retrocesos. Aquí interesa conocer las razones de este ciclo insurreccional: unos regímenes institucionales férreos y autoritarios, capitaneados por oligarquías que en la mayoría de casos tenían el apoyo de las élites europeas o atlánticas, sustentados por la violencia directa de la policía o el ejército, con altas tasas de precariedad y de desempleo juvenil.

Fueron revueltas con profundas razones políticas pero también, a diferencia de lo que a menudo se ha señalado, con profundas razones sociales. Mohamed Bouazizi sintetiza muy bien todos estos elementos: un joven desempleado busca una forma de autosubsistencia que le es arrebatada por el Estado a través de la policía. Por esta razón millones de jóvenes de otros países árabes se sintieron identificados con su indignación y sintieron que su cuerpo era también el suyo. Esto es, en definitiva, la empatia: compartir el dolor. Y esto es, según Spinoza lo que es la indignación: el odio hacia alguien que ha hecho mal a otro, con el que uno por supuesto se siente identificado.

Las revueltas en el mundo árabe abrieron un ciclo de protestas en todo el mundo: de la primavera árabe al 15m, a la generación precaria en Portugal o la acampada en Plaza Syntagma en Atenas

Las revueltas en el mundo árabe abrieron un ciclo de protestas en todo el mundo: de la primavera árabe al 15m, a la generación precaria en Portugal o la acampada en Plaza Syntagma en Atenas, a las protestas en Europa del este como en Serbia, Bosnia-Herzegovina o Hungría, a la insurrección en Turquía para proteger el parque Gezi y contra el autoritarismo neoliberal y nacionalista de Erdogan, al movimiento Pase Livre en Brasil, el Yo Soy 132 en México, al movimiento Occupy en EEUU o Reino Unido, a China, Rusia, India o Sudáfrica, y recientamente también en Ecuador y Chile. Y, sobre una arena directamente planetaria, los nuevos y esperanzadores movimientos: el feminista global y el climático también global.

Desde mi punto de vista, si bien es una hipótesis que habría que confirmar, la nueva extrema derecha global es precisamente una respuesta a esta década de revuelta planetaria en defensa de la vida. Una contrarrevolución para la cual la revolución es, paradójicamente, tanto una vacuna como un desencadenante. La extrema derecha busca reestablecer la violencia sobre la vida mediante mecanismos culturales, jurídicos, económicos, o de simple y llana coacción autoritaria. Aquí es donde se encuentran sus tres pilares: el nacionalismo, el neoliberalismo y el autoritarismo.

Así llegamos, una década después de que Mohamed Bouazizi se inmolara, al fatídico 25 de mayo, cuando George Floyd fue asesinado en plena calle por una pareja de policías. Otro acontecimiento singular que desató la mayor revuelta antirracista que ha habido en EEUU y seguramente también en el mundo en el último medio siglo.

George Floyd, como Mohamed Bouazizi, enfrentado al último eslabón del Estado neoliberal, la violencia directa de la policía, tuvo una muerte retransmitida, elemento aparentemente banal pero de enorme importancia. La imagen del sufrimiento de Bouazizi, de la represión en la Plaza del Sol o Plaza Catalunya, de las excavadoras en Gezi o de la arbitrariedad policial en Chile, han circulado con gran velocidad llenando todas las pantallas, y han hecho emerger la empatía y la indignación.

Que millones de personas salgan a la calle por otra persona que no conocieron, hace temblar de emoción. Porque significa que se identifican con el dolor ajeno y se identifican porque es una experiencia singular que simboliza un mundo entero

Que millones de personas salgan a la calle por otra persona que no conocieron, hace temblar de emoción. Porque significa que millones de personas se identifican con el dolor ajeno y se identifican porque es una experiencia singular que simboliza un mundo entero, una experiencia universal. Si la vida de Mohamed o George importan también importan las de todos los jóvenes precarios, las de las personas negras o racializadas, las de los refugiados que cruzan el Mediterráneo, las de los mexicanos que saltan el muro, las de miles de mujeres migrantes que cuidan a otros niños para poder cuidar a los suyos, las de la gente humilde que vive en barrios minados por la segregación y la gentrificación, las de los manteros y las de quien vende en la calle, las de las personas perseguidas por la violencia policial o la discriminación.

Importan, en última instancia, todas las vidas que padecen violencias sistémicas de clase, racial, de género u otras. Violencias que, a menudo, están entrelazadas. En palabras de Angela Davis:

“Cuando finalmente en el mundo las vidas de los negros sean reconocidas como algo que importa, eso va a significar que todas las vidas importan”.

Empatía, empátheia, viene del griego, y significa el hecho de compartir el dolor. En este compartir el dolor también nos reconocemos unos a otros como vulnerables, y es ahí donde emerge la comunidad, donde la sociedad eclosiona. Los cuidados son la única alternativa para proteger unas vidas, humanas y no-humanas, que son por definición frágiles y están interconectadas. ¿Podrán revertir estos movimientos la contrarrevolución de la extrema derecha? ¿Podrán hacer emerger estos movimientos empáticos una sociedad, que de facto ya es global, que ponga en el centro la vida?