Jueves, 5 marzo, 2020

Un aeropuerto del siglo XXI

Barcelona es una ciudad global. Una ciudad y un área metropolitana conectadas y abiertas al mundo, llenas de innovación y talento y, al mismo tiempo, con el firme compromiso de hacer frente a la emergencia climática y salvar el planeta y la ciudad. Dos caras de la misma moneda.

Precisamente por este motivo hace falta abrir un debate transparente y preguntarnos qué infraestructuras queremos y necesitamos. Recientemente, oímos muchas voces preocupadas por el futuro del aeropuerto de El Prat. Especialmente de aquellos que se dedican a su operatividad. Son voces que creen que ha llegado la hora de ampliarlo. La hora de cumplir con la hoja de ruta del plan director, 20 años después de su aprobación, que fija llegar a los 70 millones de pasajeros.

Sin duda, los tiempos que corren nos obligan a detenernos y a pensar que es lo que necesitamos. Preguntarnos si estos planes de ampliación son los correctos en un contexto de crisis climática o si estamos ante propuestas que condicionarán nuestra respuesta a la emergencia climática y a las generaciones más jóvenes.

Hay dos evidencias que no se pueden refutar. Primero, sabemos que desarrollar esta propuesta nos puede llevar a liquidar a uno de los espacios más importantes de la región metropolitana. Lo más importante después de Collserola. Una infraestructura verde de primer orden. El sentido común indica que no estamos en condiciones de prescindir del entorno natural del Delta de Llobregat y de su Parc Agrari, un espacio con un enorme potencial económico vinculado a la agricultura de proximidad y ecológica. En el contexto actual sería inimaginable plantearnos hacer desaparecer este espacio natural, de vida. Segundo, también parece bastante evidente que la metrópoli tiene que seguir contando con un aeropuerto, pero diferente, adecuado al siglo XXI y a sus necesidades. Porque hablar de emergencia climática y de los Objetivos de Desarrollo Sostenible no es compatible con propuestas que pasen por incrementar vuelos y pasajeros o por ampliar el aeropuerto, sin hablar de las emisiones de CO2, de la contaminación acústica y de la protección del territorio.

Plantearlo así es un debate cojo e impropio del siglo XXI. ¿Cuántas evidencias más necesitamos para tener claro que no hay futuro posible, ni económico ni social, sin una acción transversal que reduzca las emisiones de CO2?

Nuestra posición parte de tres ideas fundamentales. En primer lugar, somos una ciudad con aeropuerto, no un aeropuerto con una ciudad. Segundo, la ciudad de Barcelona, la región metropolitana y el planeta se encuentra en un contexto de crisis climática grave. Y finalmente, cuando hablamos del aeropuerto y de Aena no podemos olvidar que nos referimos a una infraestructura y una empresa pública.

Gestionar un contexto de crisis climática no puede pasar por los viejos planteamientos que contraponen las luchas económicas y las ecológicas. Ante grandes riesgos sociales y económicos las soluciones tienen que pasar por desarrollar un proyecto de futuro común, más justo y equitativo que haga de la transición ecológica un fundamento de nuestro modelo económico. Eso es la apuesta por el “Green New Deal”, cohesionar economía y ecología, un proyecto que haga compatible llegar a finales de mes con evitar el fin del planeta. Por este motivo la Comisión Europea impulsa el Pacto Verde Europeo, una estrategia de crecimiento que combina la reducción de emisiones con la creación de puestos de trabajo.

Las ampliaciones sin límites de grandes infraestructuras emisoras de CO2 no van en esta dirección. No nos podemos permitir más planteamientos alejados de las necesidades de nuestros ecosistemas, proyectos antiguos y contradictorios con las normas de la UE. Porque hay que recordar que, gracias al esfuerzo de muchas generaciones, el Delta del Llobregat es un espacio natural legalmente protegido. Porque nos encontramos en un contexto en lo que todas tenemos que aportar soluciones, todas tenemos que esforzarnos antes de que la situación sea irreversible. Las Administraciones tenemos que estar a la altura y revisar aquellos planes del siglo pasado, como el del aeropuerto, que no incorporan estas necesidades. Estamos a tiempo.

Es más, la ampliación puede acabar siendo una irresponsabilidad. Hace pocos días conocimos que un tribunal británico ha declarado ilegal la tercera pista del aeropuerto de Heathrow para incumplir con los objetivos de la emergencia climática. Y poco antes el Tribunal Supremo holandés obligaba al ejecutivo a reducir un 25% las emisiones durante este 2020. Lección importante la de los tribunales europeos: incumplir estos compromisos es ilegal. Sería irresponsable, por lo tanto, que todos nosotros, también Aena, no tuviéramos eso en cuenta.

Precedentes que no podemos ignorar.

Barcelona y los municipios del área metropolitana necesitamos una gestión transparente del aeropuerto de El Prat por parte de Aena, que actúen en defensa del interés general. Necesitamos consenso con el territorio. Para que el actual equilibre entre infraestructuras y espacios naturales protegidos es fruto de un consenso que hay que preservar, por preservar un modelo económico viable.

En definitiva, hace falta un modelo aeroportuario del siglo XXI. Con un nuevo modelo de gobernanza que incorpore la dimensión barcelonesa y metropolitana, representada por sus ayuntamientos. Que integre y conecte los aeropuertos de El Prat, Girona y Reus, con accesos ferroviarios eficientes. Un modelo público, que defienda el interés general con transparencia. Un modelo sostenible, que asuma que el crecimiento no es infinito tomando medidas para salvar la ciudad y el planeta, empezando por un plan para reducir emisiones.

El debate no es aeropuerto sí o no. El debate tiene que centrarse en cómo el aeropuerto puede sumarse a la lucha contra la crisis climática. A estas alturas, la propuesta de Aena no haría más que agravarla. La solución pasa por un aeropuerto del s.XXI al servicio de una economía del s.XXI.