Dilluns, 11 maig, 2020

Una ‘normalidad’ que no deje a nadie atrás

Llegan las medidas de flexibilización del confinamiento y se intensifican los deseos de llegar rápi­damente a la llamada “nueva ­normalidad”. Pero ¿de qué normalidad estamos hablando? Por una parte, ansiamos la vuelta a la normalidad en las relaciones sociales; ese contacto físico que tanto extrañamos. Abrazar a nuestros seres queridos, movernos con libertad, disfrutar del aire libre… Pero antes de esta crisis también era “normal” la precariedad, la falta de derechos de algunos colectivos, tremendas desigualdades que se traducen en pobreza, sobre todo infantil. Las recetas para la salida de esta crisis no pueden resultar en una multiplicación de injusticias globales, climáticas, sociales y de género. Los cuidados, tan reconocidos en las últimas semanas, no pueden volver a ser sinónimo de precariedad, de trabajo informal y feminizado.

Las crisis vienen llenas de enseñanzas dolorosas que nos dan pistas de hacia dónde avanzar. La parada repentina de la actividad económica nos muestra que muchas personas en nuestro país no pueden sobrevivir dignamente ni un mes si pierden el trabajo. Miles de trabajadoras y trabajadores precarios e informales se han quedado sin ningún tipo de ingreso de un día para otro, muchas de ellas mujeres, en especial situación de precariedad las migrantes. La solución para proteger a tantas personas de caer en la ­pobreza son los mecanismos de garantía de renta. El ingreso mí­nimo vital anunciado por el Gobierno del Estado es un paso importante en un camino que debe llevarnos a una renta básica universal.

Es el momento de medidas valientes que en otros tiempos parecían imposibles, de exigir nuevos derechos

La pandemia también ha arrojado luz sobre la emergencia habitacional en grandes ciudades como Barcelona. El Gobierno ha suspendido los desahucios, pero miles de familias aprietan los dientes temiendo que se levante la suspensión y los echen de su casa, que ya no pueden pagar. Es el momento de medidas valientes que en otros tiempos parecían imposibles, como reorientar el mercado de los pisos turísticos al alquiler asequible o cumplir de una vez las normas internacionales que prohíben los desahucios sin alternativa habitacional.

Es el momento de exigir nuevos derechos para todas las personas. Estas semanas nos hemos encontrado con la situación absurda de profesionales sanitarios extranjeros con la voluntad de colaborar salvando vidas, pero bloqueados por una legislación xenófoba. La irregularidad administrativa condena a muchas personas migrantes a una situación de doble vulnerabilidad ante la crisis. Es urgente la regularización de todas las personas residentes en nuestro país.

En la crisis del 2008, la UE y los gobiernos europeos pusieron los beneficios bancarios por delante de la vida de las personas. Aprendamos de los errores. Como dice el sociólogo William Davis, “una crisis de esta escala no estará totalmente resuelta hasta que hayamos transformado muchos de los fundamentos de nuestra vida social y económica”. Ahora nos toca decidir la orientación de este cambio y construir una nueva normalidad que no deje a nadie atrás.