Dilluns, 6 abril, 2020

Sinhogarismo y la crisis del Covid-19: nada debe volver a ser como antes

Sin un giro radical en las políticas de vivienda y de garantía de rentas, en los próximos meses, los servicios sociales y otras entidades van a desbordarse tratando de parar una hemorragia con tiritas

Cuando la mejor protección frente a la emergencia sanitaria es quedarse en casa, las dificultades de acceso a la vivienda se convierten en un factor multiplicador de las desigualdades sociales. No es lo mismo pasar el confinamiento de la cuarentena en las casas con jardín que lucen algunas personalidades del deporte o de la televisión, que en un piso de 80 metros cuadrados, que con una familia de cuatro personas conviviendo en un apartamento de 45. No es lo mismo tener una vivienda digna mínimamente cómoda que vivir en una habitación alquilada. Y no es lo mismo disponer de vivienda que sobrevivir en la calle.

A medida que las calles se han vaciado de actividad, la visibilidad de las personas sin techo ha ido creciendo. Venimos de una década fatídica en relación al aumento del número de personas durmiendo en las calles de toda Europa. En Bruselas se duplicó en tan solo dos años (2014-2016) llegando a 707 personas. En el último recuento de personas sin hogar realizado en París en febrero del 2018 se registraron 2.952 personas durmiendo en la calle. En el Reino Unido, el número de personas que duermen al raso se ha incrementó en un 135% entre los años 2010 y 2018. 

En Barcelona, de las 658 personas que dormían en la calle en 2008 se ha pasado a las casi 1.100 detectadas por los equipos de calle justo antes del inicio de la pandemia

En Barcelona, de las 658 personas que dormían en la calle en 2008 se ha pasado a las casi 1.100 detectadas por los equipos de calle justo antes del inicio de la pandemia. En paralelo, el número de personas que duermen en recursos residenciales públicos y privados de la ciudad ha pasado de 1.190 en 2008 a 2.171 en 2019. Ampliar las plazas en alojamientos especializados ha servido para contener una parte del crecimiento, pero no para frenarlo. ¿Qué tipo de reacción se puede articular entonces en medio de una emergencia sanitaria como la actual?

Puede parecer una obviedad, pero un refugio, un lugar donde permanecer durante el día y durante la noche y en el que se puedan cubrir las necesidades básicas es ahora más necesario que nunca. Las ciudades vacías ofrecen menos oportunidades para sobrevivir. No hay bares, ni restaurantes abiertos para comer, las entidades sociales han tenido que bajar el ritmo debido al impacto del virus entre su voluntariado y su personal, no hay centros cívicos ni bibliotecas para cargar el móvil o para sentarse un rato a descansar de la calle. Las calles solitarias dificultan las actividades que permiten a mucha gente sobrevivir de las migajas del sistema económico. Se complica desde pedir limosna, hasta la recuperación de materiales aprovechables de las basuras, pasando por la venta o reventa de toda clase de productos. Y la obligatoriedad del confinamiento facilita que se identifique a las personas que permanecen en la calle como sujetos de riesgo y puede promover conflictos con los cuerpos policiales y pulsiones represivas. En una ciudad todavía más hostil que de costumbre, ofrecer refugio, garantizar la alimentación, el acceso a la higiene personal, a internet o a la corriente eléctrica para cargar el teléfono se convierte en más indispensable que nunca. 

Al sensible empeoramiento de las condiciones de supervivencia en las calles, se añade el hecho que esta crisis pone de manifiesto las carencias de muchos recursos residenciales: desde las residencias de personas mayores hasta los propios centros residenciales para personas sin hogar. En muchas ciudades europeas se han focalizado los esfuerzos en crear soluciones habitacionales para personas sin hogar que respeten al máximo la intimidad y la autonomía, y se ha empezado a trabajar desde la asunción que si no hay acceso a una vivienda estable, una persona no deja el sinhogarismo. Los equipamientos creados en Barcelona en los últimos cinco años obedecen a esta perspectiva y ofrecen acompañamiento en  pisos, microapartamentos, o en centros con habitaciones individuales. Sin embargo, existen todavía en la ciudad centros residenciales creados en el pasado con habitaciones múltiples y espacios para dormir de forma temporal en los que resulta más difícil aplicar las medidas preventivas necesarias en caso de presentarse casos de infección por Covid-19.

En estos momentos, hay que ofrecer refugio para las personas que estaban en la calle pero también espacios que permitan preparar el sistema de atención ante posibles problemas sanitarios en los centros residenciales que ya existían. La gran dificultad para poner en marcha dispositivos de atención no son los espacios físicos. Desde hoteles hasta polideportivos han quedado infrautilizados con el confinamiento. Sin embargo, la disponibilidad de personal voluntario y profesional calificado para el seguimiento, la atención y la gestión, no son infinitas. Tampoco resulta fácil la intendencia para garantizar la alimentación. De ahí que para alojar a las personas se estén combinando respuestas de todo tipo ajustadas a la capacidad de gestión.

También se acercan a estos recursos personas que subsistían de actividades inestables pero que jamás habían necesitado apoyo de entidades ni servicios sociales para conseguir alojamiento

Pero ofrecer refugio, conseguir que se reduzca al máximo el número de personas que duerme en la calle de forma temporal, no es reducir el sinhogarismo. Los problemas estructurales que provocan el crecimiento del número de personas que se quedan sin hogar y que se desplazan a las grandes ciudades para sobrevivir no sólo no desparecerán, sino que se están multiplicando. Estos espacios creados en medio de la emergencia sanitaria no sólo acogen a personas que duermen en la calle, también están ofreciendo techo a los que ya en pocas semanas han perdido las habitaciones realquiladas en la que vivían, algunas conocidas de los propios servicios sociales que hacía poco que habían pasado por centros residenciales para personas sin hogar y habían logrado encontrar empleos precarios. También se acercan a estos recursos personas que subsistían de actividades inestables e irregulares pero que jamás habían necesitado apoyo de entidades ni servicios sociales para conseguir alojamiento.

Cuando la crisis sanitaria acabe, la precariedad laboral se habrá disparado, el acceso a la vivienda seguirá siendo imposible para las personas sin hogar, y el número de personas condenadas a la irregularidad administrativa tampoco se habrá reducido. Las dificultades para seguir haciendo frente al pago de la vivienda, sin embargo, se habrán extendido entre sectores cada vez más grandes de la población. Y la tentación de construir respuestas asistencialistas tomará más fuerza que nunca. Pero una persona alojada en un refugio de emergencia sigue siendo una persona sin hogar. Sin un giro radical en las políticas de vivienda y de garantía de rentas que frene la caída en la pobreza extrema a la que se enfrentan tantas personas y familias en los próximos meses, los servicios sociales y las entidades van a desbordarse tratando de parar una hemorragia con tiritas.

El apoyo social a las personas sin hogar, el alojamiento en condiciones de autonomía y con la privacidad necesaria para recuperarse de la calle, el acompañamiento a las personas más golpeadas por la pobreza y por la calle serán más necesarios que antes. Pero la lucha contra el sinhogarismo debe situarse en la prevención: en el acceso a soluciones residenciales estables y dignas y en garantizar unos ingresos mínimos con independencia de la relación que tengan las personas con el mercado laboral.