Jornadas de Interculturalidad: un paso más hacia un paradigma en Comú.


Por Pablo Tulián, co-coordinador del Eje


En el imaginario colectivo la interculturalidad a menudo queda despojada de sentido y reducida a la
inmigración, a la presencia del “otro” extraño en nuestro contexto cultural. En el activismo político en
particular (sea de izquierdas o de derechas), esta restricción comporta de manera más o menos
consciente una visión “paternalista” y etnocéntrica de la diversidad cultural, siempre desde la
primacía de la cultura occidental, europea y blanca. Desde esta óptica, las nuevas generaciones de
descendientes de personas migradas, el pueblo gitano o los autóctonos que adscriben a prácticas
culturales diferentes a la occidental (entendida como la cultura que prevalece en el viejo continente,
EEUU, ciertos países latinoamericanos y las elites mundiales), quedarían empantanados en el
hecho migratorio y desposeídos de su intrínseca diversidad cultural.
En las Jornadas sobre Interculturalidad celebradas recientemente y organizadas por nuestro eje, la
Comisionada Municipal de Inmigración, Lola López, trató de echar luz sobre el paradigma en
cuestión ante un nutrido auditorio compuesto en su mayoría por activistas de barrios y ejes de
Barcelona en Comú. Precisamente, después de valerse de la analogía del árbol de Kalpana Das
(directora del Instituto Intercultural de Montreal) para definir el concepto de cultura y sus distintos
niveles, la comisionada se centró en la visión “etnocéntrica, universalista y tendiente a la misión” de
la cultura hegemónica con respecto a la diversidad cultural.
Desde los propios valores culturales, los occidentales “juzgamos el comportamiento y creencias de
colectivos formados en otras prácticas culturales bajo la presunción que los ideales, valores y
patrones culturales de occidente son universales” destacó la Comisionada. Si bien todas las culturas
se miran el ombligo y se consideran en mayor o menor grado las mejores, la característica
diferencial de la cultura occidental es el universalismo. Así, nuestra cultura no solamente es superior
sino un paradigma a (im)poner en práctica para el resto de las culturas; un modelo “que tiene como
motor la noción de progreso como idea de avance, mejora y desarrollo en una única dirección
posible y a través una línea temporal y evolutiva que nos conduce a una supuesta ‘perfección’”
explicó López.
En nombre del progreso, blandiendo la espada y la cruz, hace más de 500 años se instauró un
colonialismo sanguinario y expoliador que prácticamente borró las huellas culturales de los pueblos
originarios de América (cuyos descendientes son considerados primitivos). Más recientemente en
nuestro tiempo lineal, el imperialismo decimonónico europeo también sometió a culturas catalogadas
como subdesarrolladas o incivilizadas de África, Asia y Oceanía para imponer su sistema de
creencias y valores y así garantizar el progreso (de Europa). Una vez más se puso en marcha la
misión, la tercera característica de la cultura occidental en relación con las demás culturas. Al
amparo de la moral judeocristiana, la cultura hegemónica “tiene la misión de ayudar al resto de
culturas a continuar avanzando por el buen camino”.
Según la categorización cultural de occidente, las culturas atrasadas (ligadas a países
latinoamericanos, entre otros) y subdesarrolladas (ciertos países africanos y asiáticos) son
susceptibles de corregirse “con ayudas o intervenciones directas”. Sin embargo, las culturas 
equivocadas (los musulmanes) para progresar “deberían experimentar un cambio profundo de
rumbo” para alinearse a nuestros valores y patrones, según se mira desde el prisma occidental.
Juzgar una práctica cultural desde un prisma “etnocéntrico y universalista puede tener
consecuencias adversas e inesperadas. Los valores se desarrollan y están en relación con muchas
cosas. Intentar cambiar alguno de ellos sin tener en cuenta el resto puede llevar a equívocos con
consecuencias sobre la persona. La capacidad intercultural ha de permitir abandonar los moldes
sobre los cuales se pueden analizar cualquier situación y abrirse a escuchar y entender situaciones
y formas de hacer que bajo el prisma de los valores propios se pueden evaluar como positivos o
negativos” (Dr. Tirmiziou Diallo, doctor en sociología, universidad de Frankfurt)
Camino al Interculturalismo
En la parte final de su intervención, Lola López expuso las características más importantes de la
perspectiva Intercultural como praxis superadora de otros enfoques que prevalecen actualmente en
Europa (Pérez, 2006). En Francia, por ejemplo, predomina el Monoculturalismo que establece la
asimilación de la cultura occidental por parte del resto de culturas e “interpreta la relación entre
estas como una amenaza clara al mantenimiento de la cultura dominante”. En su vertiente más
reaccionaria, el asimilacionismo “pretende erradicar la diversidad cultural mediante el racismo, la
discriminación y la xenofobia”. Con el prisma del Multiculturalismo, Gran Bretaña se vanagloria del
respeto y tolerancia hacia la rica diversidad que habita el suelo de las islas. Pero la mera
coexistencia no es sinónimo de encuentro e interacción sino más bien del fenómeno de la
guetización. El Multiculturalismo acepta “la existencia del otro de una manera pasiva, que no
promueve la comprensión, el interés y el enriquecimiento cultural mutuo, y tolera la diversidad
cultural siempre y cuando no ponga en peligro la cultura dominante”. La tercera interpretación, el
Mestisaje (Crespo y Nicolau, 1998), tiende a eliminar la diversidad cultural en pos de una nueva y
única cultura “fruto de la relación y mezcla de culturas existentes en una misma sociedad”. Aunque
se propone como alternativa al Multiculturalismo y al Asimilacionismo, el mestizaje “implícitamente
se alimenta de un Monoculturalismo occidental moderno con sus propios presupuestos universales e
individualistas”.
El enfoque Intercultural, parte del reconocimiento y respeto de la diversidad, pero a diferencia del
Multiculturalismo, pone el acento en la puesta en común de los elementos compartidos entre
culturas. Precisamente, se interesa en las relaciones que entablan personas de culturas diferentes
para garantizar la cohesión social. Con este propósito el Interculturalismo promueve un rasgo
característico que lo distingue del resto de visiones: la interacción positiva. Este principio determina
que “a partir del reconocimiento, respeto y puesta en valor de la diversidad hay que poner el énfasis
en los aspectos comunes y compartidos que nos unen a todos los ciudadanos y ciudadanas”
subrayó la Comisionada . Así la convivencia intercultural “se trabaja cotidianamente a través de un
proceso recíproco y dinámico” que necesita se promueva “el contacto, el conocimiento mutuo y
diálogo para reforzar un sentimiento de pertenencia que es el fundamento de la cohesión”. 
Previamente, para abonar el terreno de la interculturalidad se necesitan “políticas que fomenten la
igualdad de derechos y deberes y de oportunidades sociales y que rechacen situaciones de
exclusión y discriminación por procedencia o diferencias culturales de los ciudadanos y las
ciudadanas” concluyó Lola López.
Desde el eje de Migraciones e Interculturalidad valoramos la experiencia de las Jornadas como un
primer paso positivo y necesario en el andar colectivo de Barcelona en Comú hacia la construcción
de un relato y una praxis Intercultural. Hoy más que nunca la existencia de múltiples culturas en
Barcelona nos exige a activistas, cargos públicos y ciudadanía en general un debate y una reflexión
profundos encaminados a sentar las bases de nuestro particular paradigma Intercultural; más ahora
que bregamos tanto por la acogida de los refugiados.