Dimarts, 23 febrer, 2021

De Marte a la Tierra

No deja de tener cierta ironía que, mientras vemos por streaming cómo un robot busca vida en otro planeta, a nuestro alrededor la sexta extinción masiva se zampa 72 especies cada día.

Viajamos juntos, pasajeros de una nave espacial pequeña, dependiendo de las vulnerables reservas de aire y de tierra, todos comprometidos, para nuestra seguridad, con su paz y protección. Nos resguardamos de la aniquilación sólo gracias al cuidado, el trabajo y el amor que damos a nuestra frágil embarcación. (Adlai Stevenson)

Hace pocos días estábamos todos y todas pegados a la pantalla viendo las misteriosas imágenes que el robot Perseverance nos mandaba desde Marte. No hay que desmerecer este enorme hito científico y tecnológico que de bien seguro proveerá información muy valiosa no solo para entender la realidad del planeta rojo sino también la del planeta azul. Sin embargo, hay que reconocer que no deja de tener cierta ironía que, mientras vemos por streaming cómo un robot busca vida en otro planeta, a nuestro alrededor la sexta extinción masiva se zampa 72 especies cada día.

James Lovelock, el eminente y controvertido científico padre de la hipótesis Gaia, inicia su libro Las edades de Gaia con una divertida anécdota. En 1961 la NASA lo contrató para el Jet Propulsion Laboratory con la misión de mandar la sonda Viking I a Marte y encontrar rastros de vida. Uno de sus compatriotas, honorable científico, propuso un avanzado sistema para recoger pruebas de vida en la primera misión al planeta rojo: instalar cazamoscas en la sonda. Si Marte es todo desierto, era su razonamiento, seguro que está lleno de camellos. Y donde hay camellos, ya se sabe, hay moscas. Lovelock, perspicaz y avanzado en su tiempo, destacó que no era necesario ir a Marte a cazar moscas. Bastaba con analizar su atmósfera.

La vida no solo se desarrolla en un entorno propicio para ella, sino que moldea su propio entorno Esta es, sintéticamente, la hipótesis Gaia

La atmósfera terrestre se ha llenado de oxígeno y vaciando de CO2 a partir de la respiración, durante miles de millones de años, de bacterias, plantas y algas. La atmósfera en un planeta ‘vivo’ es homeostática, es resultado del conjunto de seres vivos, y es por lo tanto estable. La atmósfera en un planeta ‘muerto’ es inestable. En aquella época esto ya se podía analizar con telescopios de infrarrojos. Esta era la propuesta de Lovelock, seguir el rastro de la vida.

Pero en nuestro planeta ‘vivo’ también ha llegado la inestabilidad. Los últimos 200 años la atmósfera terrestre se ha alterado más que en los últimos 200.000. El vector principal de este cambio es el capital fósil, como bien explica Andreas Malm en su conocido libro. El capital fósil es la suma de intereses capitalistas, relaciones de propiedad y tecnología puesta al servicio de la maximización de beneficios. El elemento clave del libro es la crítica al concepto neomalthusiano de Antropoceno, al demostrar que el origen del problema se encuentra en las relaciones sociales capitalistas y no una simple cuestión de esencia humana o exceso de población. Un solo dato del libro bastará para entenderlo: desde 1820 las emisiones de efecto invernadero se han multiplicado por 660, mientras que la población se ha multiplicado por seis. Es de rigor, entonces, hablar de la era geológica del Capitaloceno.

Es sabido que el capital se despliega conquistando siempre nuevos espacios de donde sacar rentabilidad. Tras cinco siglos de expansionismo, ahogado entre sus propias ruinas, mira al espacio exterior a la búsqueda de otros mundos

Es sabido que el capital se despliega conquistando siempre nuevos espacios de donde sacar rentabilidad. Y en este proceso devasta los territorios, ecosistemas y derechos que se encuentra a su paso. Tras cinco siglos de expansionismo el capital, ahogado entre sus propias ruinas, mira al espacio exterior a la búsqueda de otros mundos. Es significativo que las dos personas más ricas del planeta, Elon Musk y Jeff Bezos, estén tan empeñadas en la carrera espacial a través sus respectivas empresas privadas: Space X y Blue Origin. Esta última define su misión como el “compromiso de construir una ruta al espacio para que nuestros hijos tengan un futuro”.

La vida lleva desarrollándose 3.800 millones de años en la Tierra. Sin este proceso de desarrollo largo, complejo y meticuloso hoy la misma Tierra sería inhóspita como lo es Marte. Podemos vivir porque el mundo está repleto de seres vivos y es de suma arrogancia pensar que podemos reproducir las condiciones de nuestro planeta en otro como quien hace magdalenas con un molde.

La investigación científica y tecnológica son clave, lo que preocupa es que por ahora el interés y recursos gubernamentales se centren más en el posible pasado de la vida en otro planeta que en el presente y futuro de la vida en el nuestro. La razón es sencilla: la primera empresa acarrea fascinación e inversiones multimillonarias, la segunda implica tocar los intereses de quienes están causando el desastre. Quizás la mirada deba bajar de las estrellas a la tierra para volverse a maravillar por cuanto tenemos alrededor: los mares llenos de vida, los pájaros atravesando los cielos o las plantas abriéndose paso con o sin permiso. Quizás esta sea la única forma de volver a levantar la vista al espacio exterior porque, como decía Pere Casaldaliga, “la tierra es el único camino al cielo”.